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ESPACIOS ABIERTOS 4
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Exposición
LOS OTROS en nuestro retrato Compartir en Facebook Meneame Twitter Imprimir
31/07/2009 al 21/08/2009



(c) José Pilone (Uruguay). Serie Cara a cara, 2009


MIRADAS DE REFLEJOS MÚLTIPLES. Javier Cabrera

La elaboración y concreción de la propuesta Autorretrato del Otro, conformada por las visiones de los fotógrafos canarios Javier Betancor y Vicky Delgado, estableció en torno a una idea común la posibilidad caleidoscópica de cuántas maneras de mirar caben en un mismo propósito. De cómo incluso, para un mismo fotógrafo, para un sólo artista, la mirada varía a medida que avanza su certeza sobre lo que ha venido mirando, y en lo que se ha venido mirando, para establecer un discurso certero, en tanto en cuanto se reconoce poseedor de la contemplación de muchos: reserva de la mirada en la que confluyen, tanto la experiencia como la ganancia, pero sobre todo ello, la vida. En este sentido, ambos fotógrafos habían concluido en un estado de ánimo del que se observa la doble vertiente en la mirada: la capacidad de denotar la vida que palpitaba esplendente, que se deslizaba sutil, fuera de sus objetivos y, al tiempo, la vida que se implanta, que amorosa se acomoda, en el interior mismo de aquellos: su vida vivida en el sentido más preciso de la doble mirada.
Pero este proceso no dio término como conclusión en sí mismo, en su decantación proyectual y su muestra, sino que se vino a completar, y cerrar ciclo, cuando concluye en el fin para el que fue ideado. Así, acudir al Festival Internacional de Fotografía de Paraná, en Entre Ríos (Argentina), y saberse reflejado, completado en sus rasgos más hondos, en otros tantos proyectos que como éste nuestro allí acudieron, nos hizo entender sobre la validez de la mirada establecida en el inicio, y de la definitiva aclamación, para la que el proyecto fue concretado. Las razones establecidas, no por obvias, eran más que sorprendentes. Al tema común, equiparado, que la organización del Festival parangonó –el retrato, el autorretrato– se sobrepuso, con inusitada rapidez, la mirada convergente a la que bastantes de los fotógrafos allí presentes venían concluyendo. Así, por tanto, y tras el giro de la mirada, tras la clamorosa maravilla de que las miradas eran muchas, vitales y concurrentes, la idea vira y en su retorno se reconoce, ya no tanto recompensada, sino al cabo agradecida.
De esa tenencia surge una posibilidad nueva, la de incorporar al regreso, a la vuelta del viaje en torno a las sucesivas miradas de nuestros fotógrafos, las miradas de los otros en ellos reconocidas. Por tanto, este nuevo proyecto, esta nueva invasión de salida, toma pulso diferencial y acaba incorporando, a las miradas ya establecidas por Javier Betancor y Vicky Delgado, las miradas nuevas, fijas, transparentes, inversas, sesgadas, comprometidas, inveteradas, proclives, que otros tantos fotógrafos habían concluido. Éste Los Otros en nuestro retrato trae al cabo la evidente confirmación de que nunca fijamos solos, aislados, nuestros objetivos en los temas más dispares o diversos con los que el ojo se tropieza. Que nunca nos miramos ajenos, apartados, para entendernos en el propósito que nos lleva a meditar sobre nuestra sombra incierta o la certeza de nuestro retrato. Otros nos acompañan en ese viaje, ya han estado al cabo de lo que nuestras miradas inoculan y ya se han regocijado de la fijeza del ojo sobre su reflejo: por tanto, estamos en la concelebración del entendimiento del Otro.
No todos, por supuesto, pero sí una generosa, y al cabo afirmo que hermosa, representación de aquellas miradas que confluyeron en el Festival citado, hoy acaban por concluir en este proyecto que los reúne de nuevo en otras tantas miradas oportunas. Cada cual con el objetivo prefijado según su idea y modo. Cada cual con una aportación plástica a modo de diversidad y riqueza en el reconocimiento de la mirada, y cada cual, desde luego, estableciendo parangones igualitarios en lo referido al reconocimiento en el Otro –que a veces es uno mismo, sólo que visto desde dentro (que a veces es, evidentemente, el otro, sólo que visto como uno)–. Han concretado sus miradas fotógrafos del más diverso devenir y han aportado, al tiempo, la riqueza más honda que les mueve a saberse. Justo es, por tanto, nombrarlos:
Tanto Rosario Heer, como su socia profesional, Carla Policella, ambas argentinas, optan por la mirada exterior, por cierto aire en torno o cercano a lo antropológico, a lo humano. Rosario Heer, desde la mirada a un tema universal por perteneciente a todas las culturas: el Circo, si bien, acercado desde la maravilla que ese mundo de color, tan de todos, suscita pero tan misterioso es en su devenir. Carla Policella decide, en tanto, retratar, y ser testigo vital al tiempo, una generación de argentinos nacidos tras el logro de una de sus tantas democracias: una generación a caballo entre las sombras pertinentes de un pasado convulso y un futuro iluminado a contraluz, en el que las miradas de los retratados fijan el futuro: ahí su razón. En esta vertiente fija su mirada, asimismo, la brasileña Andréa de Valentim, su fijeza se implanta en la fiesta, en la forma más popular de saberse vivos, en el color más vital que la vida ensalza: la celebración de ella misma.
El argentino Mariano Rodríguez, al igual que el cordobés, por español, Fernando Sendra, deducen miradas convergentes que se centran en el retrato, si bien radica en cada uno una suerte de sutileza que les conlleva a contemplar puntos equidistantes de un mismo tema. En Mariano Rodríguez, los retratados invaden el objetivo con el propósito de fijar su diferencialidad. Personajes ‘ilustrados’ ocupan el campo focal y afirman: ‘porque me distingo del resto me igualo a mi tribu, y porque soy de a una tribu me reconozco en los diferentes como yo’. El fotógrafo narra la evidencia de los que quieren ser vistos en sí mismos, y recurre al precepto sustancial para hacer suyos una mirada ‘distinguida’. En cambio, en Fernando Sendra, el propósito del obturador delata la mirada objetual del espacio íntimo del retratado, unas veces en la fijación propia de la mirada frontal o en escorzo, en cierto olor de santidad o de canon pictórico, y otras, mostrando al retratado en el ámbito que le reconoce –casi un autorretrato inconsciente (o, más allá, una confesión de preceptos).
En este estadio acostumbramos la mirada para invadir el espacio sagrado del retrato a sí mismo: el autorretrato tal afirmación de contemplación en el Otro. Por ese derrotero derivan su visión sesgada la brasileña Grabriela Camerotti, o transversa y especular los uruguayos Solange Pastorino y José Pilone. En una suerte de juegos varios o de lujo de variaciones que se prestan al equívoco o a la magia, a la delación o el destello hipnótico. Gabriela Camerotti conjuga un juego de doble acertijo en interiores concretos, tanto, que la cámara radica sobre ellos: niñas con juguetes, muñecos con niñas, o preludio aparente del autorretrato a medio construir, del definitivo paso de estado por concluir. Los reflejos del exterior y las luces vacilantes establecen una pureza de mundo aparte que demora su discernimiento. En Solange Pastorino se delata un afán narrativo de voz ambigua, la autora se retrata gestual en un contraplano de inveterada secuencialidad, insiste en una doble toma, que reclama díptico: la irrealidad narrada y la más irrealidad, aún, retratada. Así, lo que narra el espejo que refleja el retrato acaba conspirando por dar forma al retrato que narra lo que el espejo oculta. Como un cuento, vaya.
José Pilone, por contra, se enfrenta directo y sin especulación ante la cámara, claro que esa es la disculpa para, ocultado detrás de sí mismo, mostrarse travestido como él mismo es. Un retrato en primera persona será más hondo que un autorretrato, porque quien mira, narrado por la cámara en primer plano, delata en acuerdo mutuo con la misma que aún la carne se sobrepone al disfraz, y lo que es más: la máquina silenciosa pone ‘cara a cara’ al otro consigo mismo, no por otra razón sino porque ahí concluimos todos. En ese estado de intimidad, de enajenada propiedad del ámbito, se refleja la también uruguaya Suci Viera. Su obra hace alusión al tránsito, al modo de conciencia pasajera. A ese momento fugitivo en el que ser radica en la dejadez de estado: un abandono plácido por el que el mundo se revela en concisa fugacidad hacia la constancia. La fotógrafa recava la sustancia de un mundo que dejará de estar cuando el tempo de la cámara agote su latido. Y son las mujeres las que inoculan esa constancia: pasajeras en permanente estado de alerta por un paisaje cambiante en espera, en ansia, de su asiento. La vocación de expresividad en la obra constata que lo pasajero nunca es lo fugaz, tal vez, llega establecido en la necesidad precaria del instante y nomás.
Y así, citados todos los invitados y cerrado el ciclo, de nuevo concluimos en los fotógrafos canarios, Javier Betancor y Vicky Delgado. De ellos se explicó profusamente su obra en el proyecto Autorretrato del Otro. En éste de ahora, reconocer de nuevo en sus miradas respectivas la doble capacidad de ida y vuelta: la introspección diáfana en el reconocimiento de su obra y el circunloquio capaz para su reconocimiento en el retratado. Un disimulo sígnico que viene a delatar lo que el otro supone de verdad en el sustento de sus obras. Estos son los fotógrafos, esta es la propuesta, de su diversidad, de su veracidad, de su capacidad para adentrarse hacia fuera nace su sinceridad de preceptos y concluye su inviolable redención. Aquí están ahora presentes, ausentes se dejarán sentir igualmente sus potentes latidos: su vocación de permanencia en el Otro.


Las Palmas-Gáldar (Gran Canaria).
Mayo-junio de 2009.


Sala
Sala de Arte Los Lavaderos
Santa Cruz de Tenerife





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    [05/08/2009,  fotografiaencanarias.com]
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